Los niños y su anhelo de sacar adelante a su familia

Al menos 60 personas entre niños, adolescentes y madres de familia acuden al club de la PNP que instaló en su barrio para el reinició de actividades físicas. El taller busca socializar a los menores tras más de un año de encierro. 

Escribe: Yorch Huamaní Estrada

Las calles de tierra, aunque no parezca, tienen una ligera ventaja sobre las calles de cemento de las zonas media y alta de Cayma. Y es que en esos asentamientos humanos, ubicados en la parte alta del distrito, aún los niños salen de sus precarias viviendas para reunirse todas las tardes y jugar pesca pesca, trompos, canicas, y ahora —en noviembre— comprar algunas guaguas para quitar la careta; pues más que el pan, lo que importa es la figura de yeso, para luego juntarse con los amigos y chocolearlo y apostar. La tierra es el perfecto escenario para que estos juegos no pierdan vigencia, en medio de un mundo cada vez más virtual. 

Un grupo de niños prefiere jugar con una pelota en una cancha que carece de malla rachel y rejas. El que mete un gol, más que celebrar con sus amiguitos, se preocupan de ir a traer el balón. Las tardes de socialización, después de un año y medio de confinamiento a causa de la pandemia del nuevo coronavirus, hacen recordar con melancolía la generación de los 90’s.

La suboficial Cinthya Apaza les enseña a controlar el balón con los pies.

El Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) señala que la intensidad máxima de radiación solar es a las tres de la tarde. Pero eso no importa a las más de 60 personas entre adolescentes, niñas y niños que junto a sus madres acuden a esa hora a la loza deportiva del sector “Los Pioneros”.

Al campo deportivo llegan niños de las asociaciones de vivienda Jazmines, Embajada de Japón y Sol de Los Andes. Ello porque esperan a la suboficial PNP Cinthya Apaza Cama, jefa de la Oficina de Participación Ciudadana de la comisaría de Acequia Alta, para realizar los entrenamientos de vóley, fútbol y danza moderna para las mamás. 

En la losa los niños conversan entre ellos sobre las tareas virtuales. Otros aún con miedo están con sus mamás y no se despegan. Mientras tanto la agente del orden llega en un patrullero y agradece a sus colegas por el traslado hasta el lugar. 

Al terminar la jornada deportiva los niños juegan fulbito entre ellos.

Las madres de familia la reconocen y la saludan, pues Apaza Cama también impulsó tres aulas virtuales en la zona. Esto para que los menores no se trasladen hasta la parte media del distrito a imprimir sus hojas de las tareas. Ella no solo es una policía que ama su institución, también es licenciada en Educación Física de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), y ello le sirvió para impulsar el deporte en las zonas alejadas de Cayma. 

La suboficial acomoda los balones de vóley y el material para iniciar las clases, mientras el profesor Miguel Roncal Montano de 32 años, quién es voluntario, jala una cuerda de un arco al otro, pues esta servirá como net. Tras ello, toca su silbato y los menores se acomodan, todos tienen una mascarilla, pues una de las condiciones para habilitar el “Club de menores amigos del Policía comisaría PNP Acequia Alta”, es que todos cumplan los protocolos sanitarios. 

Las niñas son las primeras en formarse en grupos para hacer el calentamiento muscular. Luego hacen trabajos en el control de balón, que consiste en hacer pasar la pelota de un lado a otro de la cuerda utilizando las manos. Posteriormente Miguel Roncal divide a los niños en dos grupos de 15 niños, forman un arco con los conos y comienzan a realizar el control de balón con ambos pies. Esta secuencia se repite hasta tres veces. 

Las madres de familia junto a sus hijos se forman para iniciar con las clases de baile moderno.

“¡Vamos, atento, muy bien, dale, controla y dale un pase, esoooo!”, exclama Miguel Roncal. Su voz es potente y los niños al escucharlo se esfuerzan más. Esto bajo la atenta mirada de la agente del orden y de las madres de familia. 

Miguel Roncal es limeño, pero vive en Arequipa desde hace cinco años porque su pareja, que es arequipeña, lo convenció para que se quede. En la Ciudad Blanca trabajó en el Instituto Peruano del Deporte (IPD) también fue colaborador en el Hogar de Cristo, institución que apoya a niños en situación de pobreza. Se siente un hijo más del Misti. 

“Me gusta la actividad física porque en Lima crecí en un barrio pobre como éste y la única manera para evitar caer en la droga y el alcohol fue hacer deporte y eso es lo que transmito a los niños”, cuenta.

La presidenta de la Olla Común de la zona, Gregoria Quispe, da el ejemplo para que sus vecinas se animen a bailar. 

Entre la multitud de niños hay tres hermanitos, dos de ellos son mellizos, se trata de Gabriel y Gabriela de 6 años y su hermana mayor Juliana, de nueve años. Su tía Hilda Hanampa cuenta que los llevó al club para que se distraigan y no estén aburridos en la casa, pues no han salido a jugar ni a conocer a sus amiguitos desde que inició la pandemia. A esto se suma que los niños fueron abandonados por su mamá en mayo de este año. 

“Su mamá se fue a trabajar a Cusco y no regresó, ni siquiera pregunta cómo están sus hijos, mi hermano, el papá de los niños, es el único que se preocupa por ellos. Venir aquí les hace olvidar que su mamá no está con ellos”, relata apenada Hilda, quién tiene 4 meses de embarazo y recuerda lo difícil que fue el encierro por la Covid-19, pues tuvieron que regresar hasta Apurímac a pie. La familia retornó a Arequipa en diciembre del año pasado.

El profesor Miguel Roncal toca su silbato para terminar la jornada. Los menores devuelven los chalecos que les prestó la agente del orden y se sientan en la tribuna de tres gradas. Algunos toman agua, otros jugo y gaseosa y esto enfada a Miguel. “Está terminantemente prohibido tomar gaseosa después de hacer deporte, todos tienen que tomar agua, no lo digo yo, lo dice Cristiano Ronaldo”, expresa mientras los demás sueltan algunas sonrisas. 

El docente Miguel Roncal termina las clases de baile a las 6 de la tarde.

También les dice que deben llevar ropa de deporte y zapatillas, pero conseguir ello es difícil porque los padres de familia en su mayoría son obreros, amas de casa o ambulantes. Además, la mayoría de los asistentes también acuden a la Olla Común de la zona para alimentarse. La crisis económica y el encarecimiento los azota.

“Quiero ser como Paolo Guerrero para ayudar a mi mamá y a mis hermanitos”, dice Juan Gonzales de 7 años. Así como él, varios niños quieren ayudar a su familia porque desde pequeños saben lo que es no tener servicios básicos y vivir entre la tierra.

Una vez culminada la jornada, los menores inician a jugar entre ellos, esto mientras sus mamás se forman en fila india manteniendo la distancia de un metro y medio para iniciar sus clases de baile moderno. Se ruborizan, pero al ver a la presidenta de la Olla Común, Gregoria Quispe, hay más confianza y empiezan a bailar hasta las seis de la tarde.