Una pesadilla interminable

La obrera cayó a un andén de un metro y medio cuando trabajaba. Soportó el dolor varios años, pero su estado de salud se agravó durante la cuarentena. Hoy se aferra a la vida para ver crecer a sus hijos. 

Escribe: Yorch Huamaní Estrada

Fotos: Brenda Pilco Mamani

La última sonrisa de la obrera municipal Elsa Quispe Coa de 49 años fue en febrero del 2020, cuando los médicos de EsSalud le dijeron que iba a ser operada de la cadera para que vuelva a caminar con normalidad. Pero sobre todo para acabar con el dolor que la aquejaba desde hace más de ocho años. Sin embargo, la pandemia le quitó la sonrisa y esperanza de volver a caminar y la condenó a seguir postrada. La cuarentena postergó su intervención y su estado de salud empeoró todos los días.

“Estaba todo listo para que me operen, ya estaba hospitalizada, faltaba el resultado de un examen que había sido enviado a Lima. Pero por la cuarentena me dijeron: ve a tu casa que te puedes contagiar y morir. Esa fue la última vez que hablé con los doctores”, dice doña Elsa lamentándose. 

Los médicos le diagnosticaron artrosis severa de cadera y cérvico dorso lumbalgia (esto a causa del esfuerzo que hace una de sus caderas para sentarse). Para que vuelva a caminar necesita de una prótesis en las zonas afectadas. 

La madre de familia llegó a la Ciudad Blanca procedente de Puno cuando tenía 9 años. A su corta edad dejó los juguetes por una escoba y recogedor, pues su hermano, un joven soldado, la empleó en una casa para que le den estudios y pueda salir adelante. Pero eso no sucedió y se dedicó a trabajar y con un poco de suerte terminó la primaria. Esta vivencia era similar en todos los migrantes que llegaban a la región.

“Uno de mis patrones conocía al alcalde Milton Vera Gamero y me hizo entrar a trabajar como trabajadora de limpieza pública. Estuve feliz porque era un sustento para mis hijos”, cuenta. 

Su pesadilla empezó una tarde lejana del 2013 cuando doña Elsa recogía una manguera para regar el vivero municipal de Yanahuara en Magnopata. Un mal movimiento hizo que cayera a un andén de una altura de un metro y medio. Para evitar que caiga de cabeza y muera al instante, cayó sentada. Al intentar pararse sintió los primeros dolores, pese a ello se puso de pie y continúo laborando. 

“Cuando intenté pararme me dolía la cadera. Entonces fui al doctor y me dieron pastillas contra el dolor y también desinflamantes y calmantes. Pensé que estaba bien porque los médicos me decían que solo era un golpe y que pasaría”, cuenta sollozante al no poder moverse de su cama. 

La servidora pública continúo tomando desinflamantes y calmantes por varios años más. Pero lo que parecía un simple golpe se convirtió en el centro de sus desgracias. Los dolores eran cada vez más insoportables y los médicos solo le aumentaban las dosis de calmantes. 

La obrera detalla que no fue al médico por temor a ser despedida. “No iba al doctor porque tenía miedo que me boten y no quería eso para mis hijos”, expresa mientras su mano tiembla por el dolor. 

A la fecha, Doña Elsa no puede caminar y está postrada en su cama al interior de un precario cuartito de madera ubicado en el pueblo joven de Independencia en Alto Selva Alegre. Mientras nos cuenta su historia, se retuerce de dolor. A sus cortos 49 años un andador metálico y un bastón son sus acompañantes desde marzo del 2020. No puede estar sentada en un mismo sitió por cinco minutos porque el sufrimiento es terrible.

Al frente de su cama está su televisor y debajo un equipo de sonido. Su distracción son las noticias locales y nacionales. Para olvidar el infierno que vive escucha canciones cristianas y predicas de pastores evangelistas. Agradece a Dios porque está viva y puede ver a sus hijos cada mañana. Su amor de madre es más fuerte que el tormento que vive. 

Víctoria Checa es su terapista y gracias a ella doña Elsa puede moverse y sentarse. Ella la acompaña en su rehabilitación desde hace más de ocho meses y a la semana la visita tres veces. Recuerda con tristeza cuando la vio postrada en su cama. “La vi y dije: cómo es posible que una persona aguante tanto dolor. Recuerdo que si le tocaba el pie lloraba de dolor”, cuenta. 

La especialista explica que el trabajo con doña Elsa inició relajándo su estado de ánimo, pues estaba deprimida por lo que le tocó vivir. Luego empezó a trabajar con movimientos suaves a fuertes en los músculos para que pueda sentarse. “Tenemos que hacer fuerza común para ayudarla”, acota. 

En los últimos días a través de las gestiones de sus compañeras de trabajo y la asistenta social del municipio de Yanahuara los médicos de EsSalud le indicaron que la operarían, pero aún no hay fecha. “Ayúdenme, quiero que me operen para volver a trabajar, no me quiero sentir inútil”, dice mientras trata de cubrirse el rostro con su mano. 

Finalmente, la ex secretaria general del Sindicato de Obreros de la comuna de Yanahuara, Teresa Arteaga, revela que en el municipio hay otros cuatro obreros que esperan ser operados. Detalla que los trabajadores se enferman porque se descuidaron en su salud y cuando los jubilan terminan con enfermedades como: dolores con lumbalgia y cáncer en el pulmón debido al aire contaminado que respiran.